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15 de septiembre de 2019
LA HISTORIA SECRETA DEL HORROR EN TORNQUIST
(La Nueva).-Lo localidad todavía no logra entender qué pasó en la casa de Ruppel y Ameghino donde encontraron los restos de una mujer y un nenito. "El Tigre", personaje icónico y solidario tanía un lado que no mostraba y que ahora las autoridades investigan.
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La noche de Tornquist encontró a María Isabel Schulmeister alterada. Corría el 2014 y había tenido un sueño, una pesadilla, que la despertó. Soñó a su vecina Edith Noemí Santellán y a su pequeño hijo muertos y enterrados en lo que creyó una letrina.
 
Para María Isabel era una realidad que se repetía todos los días, sobre todo porque el padre de Edith Noemí decía siempre seco y cortante que su hija se había ido a Buenos Aires, con su nietito.
 
Ese hombre era Antonio Enrique “El Tigre” Santellán.
 
“El Tigre” nació el día de la Independencia de 1940 y era un vecino “de toda la vida” de la localidad serrana, ubicada a 70 kilómetros de Bahía. Un hombre trabajador y respetado. Se había casado con Mabel Serrano, quien tenía 3 hijos y que el 24 de octubre de 1976 lo hizo papá.
 
Fue albañil. Y un tipo de esos queribles: la Cooperativa Eléctrica de Tornquist lo contrató para realizar unas reparaciones y tras ese trabajo le pidieron que se quedara con ellos. Se resistió un poco, pero igual lo hizo hasta que se jubiló.
 
Sus amigos lo destacan como atleta o al menos entusiasta: “Siempre estaba a mitad de pelotón”. La “garra” que le ponía al deporte le hizo ganar el apodo cariñoso de “El Tigre”. Era extrovertido (con algunas reservas), alegre, servicial y solidario.
 
Solidario se mostraba ante toda la ciudad: participaba de colectas, colaboraba con la organización “Amor por la vida”, ayudaba en eventos… Y siempre tenía su guitarra y su voz a mano “pa amenizar la velada”.
 
Le gustaba el folclore, especialmente Horacio Guarany. En sus letras también se podía escuchar sobre la tierra en la que nació o incluso sobre los bomberos de la localidad.
 
Tenía una obsesión con la limpieza y el orden. Obsesión que se podía comprobar a simple vista entre las 6 y las 8 de todas las mañanas cuando “El Tigre” salía a barrer su cordón y el de los vecinos. También a limpiar el boulevard frente a su casa, juntando basura o cortando el pasto.
 
Su casa de Ruppel y Ameghino, desde afuera, siempre iba a estar blanca, ya sea pintada con cal o con pintura. “Lo que pudiera”, comentan los amigos.
 
Uno de esos amigos es el bicicletero Antonio Chuliver, o Tony, quien en los años de juventud se sumaba a “El Tigre” tocando folclore.
 
Tony está sorprendido, no logra entender lo que pasó. “No me entra en la cabeza”, repite una y otra vez. Lo mismo le pasa a la mayoría de los que entre el sábado 7 y el domingo 8 de septiembre se enteraron de que en el galpón de la casa en la que por décadas vivió Santellán estaban enterrados una mujer y un nenito.
 
A Tony no le cierra que culpen a Santellán de la muerte de su hija y su nieto: “Adoraba a ese nene”.
 
“La hija era un tormento y tenía problemas psiquiátricos”, dice. Y agrega: “Intentó quemarle la casa dos veces. La segunda vez el pueblo se movilizó para reconstruir la casa y amueblarla”.
 
Ese mismo pueblo se sumó cuando en 2018 la Biblioteca Popular Ernesto Tornquist le realizó un homenaje tras su muerte, un reconocimiento por tantos años de colaboración.
 
Tony tiene en su poder un pequeño plano que “El Tigre” diseñó para hacer una peña en un terreno que hay detrás de la iglesia Santa Rosa de Lima y también la letra de un tema escrito por él y dedicado, fechado a principios de 2017, año que Santellán no pudo terminar.
 
La tarde del 31 de diciembre de 2017, Tony fue a la casa de su amigo, porque un par de días antes le había rechazado una invitación y quería que despidieran el año juntos.
 
“Loco, ¿vamos a tomar unos mates?”, gritó desde la medianera que no alcanza a tapar toda la propiedad.
 
Tony repitió el llamado un par de veces, pero le respondía el silencio. Preocupado, se asomó porque vio las ventanas abiertas. “El Tigre” estaba tirado, sin vida.
 
Adolfo Ortíz vive pegado a la casa de Santellán hace 10 años. El padre de Ortíz era el dueño de esas tierras, una de las cuales le compró Santellán hace medio siglo. Vivir tan cerca hizo testigo a Adolfo.
 
“Santellán le tenía miedo a su hija y ella también a él”, asegura y recuerda que la convivencia empeoró tras la muerte de la madre de Edith.
 
“Ella decía que Santellán la había envenenado”. Aunque la Policía asegura que murió de cáncer.
 
Su testimonio involucra dichos de ambos, entre los que reconstruye que no comían la comida que cocinaba el otro por miedo a morir envenenados. Asegura que ambos dormían cerrando sus puertas con llave, para no estar vulnerables a un ataque nocturno.
 
Incluso Adolfo vio a Edith con un bidón de combustible antes de que quemara la casa de su padre, la misma casa donde vivía ella, en 2012.
 
“‘Vecino, duermo encerrado para que no me mate’”, le confió “El Tigre” a Adolfo. Aunque para Adolfo, Antonio Enrique Santellán no era “El Tigre”, sino “Negrito”.
 
Con “Negrito” tenía un trato cordial de vereda. De conversación casual.
 
Sin embargo, tras el descubrimiento de los cuerpos, para Adolfo muchos recuerdos comenzaron a tener otro sentido. Las cosas que le llamaban la atención, en su mente, comenzaban a tener una explicación.
 
La primera era que “Negrito” siempre parecía estar despierto. Si Adolfo volvía a su casa a las 3 de la mañana, ahí estaba “Negrito”, mirando por encima del paredón.
 
De 6 a 8 religiosamente barría y limpiaba el frente de su casa y de los vecinos, como Arquímedes Rafael Puccio. A las 14 salía a andar en bicicleta y luego se reunía con amigos.
 
La segunda era cómo se expresaba sobre su nieto, al que tildaba de “borrego” y que “lo tenía cansado”, pese a tener menos de 3 años y no coincidir con la imagen que Adolfo tiene de cómo ser abuelo.
 
Eso también le llamaba la atención a la esposa de Adolfo, María Isabel Schulmeister, abuela de más de 20 nietos: “Los amo a todos por igual”.
 
María tenía más trato con Edith, que siempre le decía que su padre la iba a matar. Y para María, Edith había intentado hacer la denuncia y pedir ayuda, pero por sus problemas psiquiátricos nadie la tomaba en serio. Las idas y vueltas de la casa de su padre eran el argumento de los vecinos para no creerle.
 
Por eso, en esto están todos de acuerdo, cuando “El Tigre” dijo que su hija se había ido con una pareja nueva a vivir a Buenos Aires nadie indagó demasiado.
 
Pero María y Adolfo fueron testigos de ciertas situaciones que los llevaban a dudar. La primera fue cuando una nena les contó a ambos que había visto salir sangre de un desagüe de la casa de Santellán.
 
Ellos desestimaron a la chica y la consolaron diciendo que seguramente “Negrito” estaba pintando algo con pintura roja y que era eso lo que había visto. Al día siguiente, cuando los desagües de tierra estaban rastrillados y el basurero pintado de rojo, nadie se sobresaltó.
 
Semanas después, María y una vecina se lamentaron por el “olor a podrido” que había en el patio, pero como en ese barrio hay muchos pozos ciegos, no se preocuparon demasiado.
 
Y aunque María había tenido un sueño que sentía real y aseguraba que sus vecinos desaparecidos estaban muertos, el riesgo de que la trataran de loca la disuadió de decirlo abiertamente. Así pasaron los años, hasta que “Negrito” murió.
 
Luego de encontrarlo muerto, Tony y un grupo de conocidos lo velaron y en simultáneo comenzaron a buscar a Edith. Fueron a la Policía, la intentaron contactar por las redes, pero nada.
 
Tampoco había otros posibles herederos. No había familia. No había nadie que reclamara. Solo la esperanza de encontrar a Edith o que un día, como había hecho en el pasado, volviera y descubriera esta vez que su papá ya no estaba.
 
Esa ausencia de familia desencadenó un vacío y después de algunas idas y vueltas los vecinos acordaron que Tony se hiciera cargo de la llave y ventilara la casa cada tanto.
 
Antes, el grupo realizó un inventario de los bienes de la casa, del garaje y del pequeño galpón muy similar a la letrina que soñó María Isabel Schulmeister.
 
Cuando el grupo entró al galpón, lo iluminó con una linterna y descubrió que quedaban vestigios del incendio, que estaba abandonado y que la tierra parecía débil.
 
Tony estaba en ese grupo y no le gustó lo que sintió. Sabía que en el sector podía haber un pozo ciego y ante el peligro eventual de que ese suelo flojo resultara una trampa abandonó rápidamente el lugar y lo cerraron con llave.
 
Así pasó el 2018 y buena parte del 2019, a la espera de la aparición o vuelta de Edith. La casa perdía cada día un poquito más de aquel cuidado que supo tener con su único dueño.
 
Andrés Mario Dietz tiene 32 años y con su familia alquilaban hasta que Tony les ofreció vivir en la casa de Ruppel y Ameghino a cambio de cuidarla y mejorarla a la espera del regreso de sus dueños.
 
“Yo soñaba con que el nieto apareciera en unos años, ya mayor de edad, y poder devolverle la casa, que era suya”, cuenta Tony.
 
Pero a menos de dos semanas de vivir en esa casa, Andrés visitó el galpón, con la intención de ver su estado y analizar la posibilidad de mejorarlo. Pisó ese suelo blando y escarbó un poco, para ver si había un pozo ciego o algo.
 
“Tony, vení rápido, encontré algo feo”, le dijo Andrés por teléfono el sábado 6. Y agregó: “Vení, no es joda”.
 
No era una joda. Andrés escarbó un poco la tierra blanda y enseguida se topó con algo sólido: un hueso con una media. Se lo mostró a Tony, que llamó al comisario Daniel Pérez y este, después de un rápido vistazo, a la Policía Científica.
 
Uno de los testigos de las tareas de la fuerza policial fue Tony, quien es incapaz de describir las cosas que vio durante el domingo mientras realizaban los trabajos y excavaban cada vez más en búsqueda de nuevos restos.
 
Los restos hallados corresponden a una mujer de entre 35 y 40 años y al de un niño de 3 a 5, aunque para poder determinar la identidad se tendrán que esperar al menos 2 meses las pericias de ADN que se realizarán cuando toque el turno en La Plata.
 
También habrá que esperar para saber qué causó la muerte de esa mujer y de ese chiquito, que aún tenía el pañal puesto.
 
Lo que sí se sabe es que los restos estaban a menos de 30 centímetros de profundidad, pese a que por precaución las autoridades excavaron mucho para ver si había algo más.
 
En el lugar había una cámara séptica, pero por algún motivo ese lugar “casi perfecto” para hacer desaparecer la evidencia no se usó. Por último, los investigadores se preguntan por qué en caso de ser “El Tigre” el responsable al menos de esconder los cuerpos y siendo constructor no los cubrió con cemento. Algunos lo interpretan como una manera de buscar que lo descubrieran. Las autoridades, además, tienen en su poder decenas de letras de canciones compuestas por Santellán con la esperanza de encontrar en sus relatos algún dato que ilumine un poco más el caso.
 
Para Tony, como para el resto de sus amigos, el dolor por lo ocurrido solo aumenta cada vez más.
 
“Menos mal que no se quebró conmigo —confiesa—, sino tendría que haber mandado preso a alguien que adoro como amigo.”
 
Pero para otros, como María Isabel, este descubrimiento le trae “alivio”. Aunque no del todo. Cuando llegaron los nuevos vecinos, tuvo otro sueño: una mujer joven que no conoce y una nena de unos dos años se le presentaban. La nena le abrazaba una pierna y le daba bendiciones, cosa que la sorprendía por su corta edad. La mujer, en tanto, se acostaba en un sillón y le pedía que la tape por completo. Espera que esas personas tengan paz.


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